Cambio de volante (flywheel) a mi Jeep CJ5 1980
Este año pasé mi cumpleaños —el 20 de enero— debajo de un Jeep. Literal. Cambiando la volanta (flywheel) de mi Jeep CJ5 1980, tirado en el piso del estacionamiento de mi amigo Manuel Montufar, allá por el Ajusco, con un frío que calaba hasta los huesos.
Y la verdad, no se me ocurre mejor forma de haberlo pasado.
El Jeep
A este Jeep lo compré descompuesto. No sabía nada de mecánica cuando lo traje —y sigo sin saber mucho, para ser honesto—, pero lo agarré con la firme convicción de que con voluntad y acceso a internet se puede hacer lo que sea. Foros, videos de YouTube, diagramas, manuales escaneados de los setentas. Todo lo que cae.
Poco a poco lo he ido arreglando. Esta vez tocaba la volante.
Bajar la Dana 300 y la caja de velocidades
Para llegar a la volanta primero hay que desmontar toda la transmisión. Eso significó bajar primero la caja de transferencia Dana 300 y luego la caja de velocidades. No tienen idea de lo pesado que está eso. Es fierro macizo, no hay otra forma de describirlo.
Sin grúa, sin elevador, sin power tools. Pura matraca, dado manual, y el gato del carro haciendo de todo. Me las tuve que ingeniar con el gato y unas matracas para bajar y subir las piezas sin que me aplastaran los dedos —o algo peor—.

Destornillar la volanta: el momento Arquímedes
Una vez con el motor expuesto, tocaba destornillar la volanta. Sin pistola de impacto, sin llave neumática, nada. Solo matraca y dado manual.
Los tornillos no cedían. Estaban apretados desde fábrica, con 35 años encima, y mi matraca no tenía el largo suficiente para hacer la fuerza necesaria. Ahí me acordé de Arquímedes:
"Dame una palanca y un punto de apoyo, y moveré el mundo."
Bueno, yo no tenía que mover el mundo. Solo tenía que mover unos tornillos. Así que agarré el mango del gato, lo metí en el mango de la matraca para extenderlo, y con esa palanca improvisada fui aflojando uno por uno. Cedieron.

El frío del Ajusco
Algo que no había considerado cuando empecé: el Ajusco en enero está helado. Estar tirado en el piso de cemento, con las manos llenas de grasa y el aire colándose por todos lados, es una experiencia que te reordena las prioridades.
Pero Manuel me dejó trabajar en su estacionamiento —con luz, con espacio, y con café caliente cerca— así que no me podía quejar. Varios días de chamba, pero terminé la maniobra.

Lo que aprendí
Que no se necesitan herramientas caras para hacer mecánica. Se necesita tiempo, paciencia, y ganas de romperse la cabeza resolviendo. Y un amigo que te preste el estacionamiento, claro.
También aprendí que cargar una caja de velocidades de fierro macizo, solo, con un gato de carro, es una forma muy honesta de entender qué tan pesado está algo.
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