Vía ferrata en las Barrancas del Cobre
Estamos haciendo un road trip de norte a sur, de Chihuahua a Mérida, y una de las paradas obligadas era las Barrancas del Cobre. Íbamos mi suegro, Regina, mi cuñada Fernanda, mi sobrino Omar y yo.
El malentendido
Ya estando en el parque nos inscribimos ahí mismo a una actividad: la vía ferrata del Parque de Aventura Barrancas del Cobre. Les expliqué de qué iba antes de anotarnos: un recorrido por la pared de la barranca con arneses, cables de acero y un rappel de 48 metros para bajar. Yo daba por hecho que habían entendido a lo que se estaban animando.

Resulta que no. Ellos escucharon lo mismo que yo dije, pero en su cabeza lo tradujeron a "algo relax". Caminata bonita, mirador, fotos. Hasta que los pusieron en el arnés.
El malentendido salió a la luz justo cuando tocaba asomarse al borde para el rappel. Regina vio los 48 metros de caída, vio la cuerda, y le dio miedo. Ya no quiso bajar. No la culpo: asomarse a esa barranca pega distinto cuando la estás viendo desde arriba y sabes que lo siguiente es colgarte de una cuerda.

El orden del descenso
Los demás sí le entramos. El orden quedó así:
Yo bajé primero —para abrir camino y que vieran que se podía—.
Después mi cuñada Fernanda.
Luego mi sobrino Omar.
Y al último mi suegro.

Estuvo bastante pesado, no voy a mentir. Pero divertido como pocas cosas. Ese momento en el que estás colgado a media pared, con toda la barranca abriéndose debajo de ti, se queda grabado.
Regina se quedó arriba de espectadora. En la galería de abajo están algunas de las fotos que se tomaron desde el mirador.
El sombrero
Mientras esperábamos para arrancar la actividad, vi un sombrero de piel en una de las tiendas del parque. Estaba chingón, pero no me lo compré —uno siempre anda midiéndole al equipaje en un road trip largo—.
Cuando ya estábamos por irnos, mi suegro se apareció con el sombrero en la mano y me lo regaló. Se me ve chingón.

De las Barrancas directo al mar
Salimos de las Barrancas del Cobre con la idea original de hacer escala en Durango. Pero cuando volteé al asiento trasero, Regina, Fernanda y Omar ya iban bien dormidos. Entonces mi suegro y yo dijimos: "si vamos a manejar con ellos dormidos, que valga la pena". Y le seguimos de largo hasta Mazatlán.
La idea era simple: que cuando despertaran, ya estuviesen frente al mar.
Manejamos turnándonos toda la tarde y parte de la noche. Fue pesado, de esos tramos en los que te vas peleando con el sueño y con los ojos cerrándose solos, pero se logró. Llegar a Mazatlán y sentir el aire tibio y salado después de haber empezado el día colgado de una pared de 48 metros en Chihuahua, es una de esas sensaciones raras que solo te da la carretera.
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