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Ecuador invadió nuestra embajada y a nadie le importó

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Lo que pasó en la madrugada

En la madrugada de hoy, 5 de abril de 2024, fuerzas policiales ecuatorianas irrumpieron violentamente en la Embajada de México en Quito para llevarse al ex vicepresidente Jorge Glas, quien había solicitado asilo político. Lo hicieron pasando por encima de funcionarios diplomáticos mexicanos, empujando y golpeando a nuestro encargado de negocios, y violando uno de los principios más elementales del derecho internacional: la inviolabilidad de las sedes diplomáticas.

No fue un incidente. Fue una invasión.

La Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas de 1961 es clarísima en su Artículo 22: los locales de la misión son inviolables. No hay asterisco, no hay excepción, no hay permiso presidencial que valga. Ecuador violó el derecho internacional y, al hacerlo, violó la soberanía de México. Punto.

Fui a la embajada a gritar lo que nadie gritaba

Esta mañana, temprano, agarré mis cosas y me fui a la Embajada de Ecuador en la Ciudad de México. Pensé, ingenuamente, que me iba a encontrar con una multitud. Pensé que iba a haber miles de mexicanos indignados, banderas, consignas, una explosión cívica de indignación legítima. Pensé que por una vez todos esos nacionalistas de redes sociales iban a dejar el teclado y salir a la calle.

Me equivoqué.

Cuando llegué me encontré con otra escena: la policía de la Ciudad de México tenía acordonada toda la zona. Ocho patrullas. Ocho. Cuidando la embajada de un país que acababa de violar nuestra soberanía. Ocho patrullas que no estaban patrullando colonias de alta incidencia delictiva, que no estaban protegiendo a los ciudadanos de una de las ciudades más grandes del continente, sino protegiendo físicamente a los representantes diplomáticos del país que acababa de agredirnos.

Entendámoslo bien: con recursos públicos pagados por contribuyentes mexicanos, la Ciudad de México estaba protegiendo a nuestros agresores

¿Dónde estaban todos?

Lo más decepcionante no fueron los policías. Los policías cumplían órdenes. Lo más decepcionante fue la ausencia de gente.

Casi no había nadie. Un puñado de personas. Algunos fotógrafos aburridos. Ningún líder de opinión. Ningún diputado haciendo berrinche para las cámaras. Ningún sindicato, ningún colectivo, ningún movimiento. Nada.

Y entonces pensé en toda esa nación virtual que se pasa los 15 de septiembre cantando Cielito Lindo en Twitter, que se tatúa el águila en el pecho, que arma pleitos en Reddit defendiendo que "los mexicanos no nos rajamos", que se indigna cuando un extranjero les dice "Mexican" con acento equivocado. Esos patriotas de TikTok, esos charros de Instagram, esos lectores de Octavio Paz que sólo leyeron la contraportada.

¿Dónde estaban?

Porque el nacionalismo de pantalla es baratísimo. Y el nacionalismo de verdad, ese que te mueve a dejar la cama un viernes en la mañana y pararte frente a una embajada hostil, ese sí cuesta. Y ese, claramente, no lo tenemos.

El himno que nadie se toma en serio

El Himno Nacional Mexicano tiene una estrofa que es, literalmente, un contrato:

Mas si osare un extraño enemigo profanar con su planta tu suelo, piensa, ¡oh Patria querida!, que el cielo un soldado en cada hijo te dio.

Eso lo cantamos todos. Lo cantan los niños en las ceremonias cívicas de los lunes. Lo cantan los futbolistas antes del partido. Lo cantan en las posadas, en las bodas, en los desfiles. Pero hoy un extraño enemigo profanó con su planta nuestro suelo soberano, y resulta que la Patria no tenía soldados: tenía espectadores. Tenía, cuando mucho, tuiteros.

La falta de liderazgo de AMLO

Todo esto ocurre bajo la presidencia de Andrés Manuel López Obrador, quien desde hace años convirtió la política exterior mexicana en un experimento personal de improvisación. Sí, México rompió relaciones con Ecuador, y eso es correcto y necesario. Pero romper relaciones es el mínimo indispensable, no una proeza diplomática.

Un presidente fuerte habría dejado claro desde hace meses que proteger a Jorge Glas era una cuestión de Estado. Un presidente fuerte habría movilizado a la OEA, a la ONU y al sistema interamericano mucho antes de que la policía ecuatoriana se sintiera con derecho a patear una puerta diplomática mexicana. Un presidente fuerte habría construido alianzas, exhibido a Daniel Noboa frente al mundo como el autócrata de opereta que es, y dejado en claro —con consecuencias económicas y políticas reales— que agredir a México cuesta caro.

En vez de eso, tuvimos conferencias mañaneras, frases ingeniosas, memes de gobierno, y al final una policía extranjera arrastrando a un asilado fuera de nuestra sede diplomática como si se tratara de una casa cualquiera.

Eso no es política exterior. Eso es negligencia.

Somos la economía número 14 del mundo

México es, según el FMI y según cualquier ranking serio, una de las quince economías más grandes del planeta. Somos más grandes que Corea del Sur, que Australia, que España. Tenemos 130 millones de habitantes, la segunda economía de América Latina, una diáspora gigantesca y una industria cultural que exporta cine, música, literatura y comida a todos los continentes.

Ecuador tiene aproximadamente el PIB de Nuevo León. Ecuador tiene menos de 18 millones de habitantes. Ecuador es un país presidido por un millonario improvisado que juega a la mano dura para distraer a su electorado de una crisis de seguridad que no ha podido —ni sabe— resolver.

Y ese país, ese, se dio el lujo de invadir una embajada mexicana.

La pregunta no es por qué lo hizo Ecuador. La pregunta es por qué creyó que podía hacerlo. Y la respuesta incómoda es: porque sabían que no iba a pasar nada. Sabían que México iba a mandar un comunicado, romper relaciones, y seguir con su vida. Sabían que la "reacción mexicana" iba a terminar en menos de dos semanas.

Lo que deberíamos hacer (y no vamos a hacer)

Romper relaciones es el piso, no el techo. Deberíamos —y a esto sí lo hicimos bien— llevar el caso a la Corte Internacional de Justicia. Pero además deberíamos revisar acuerdos comerciales, presionar a nuestros aliados para aislar diplomáticamente a Ecuador, y hacer de este caso el ejemplo pedagógico para cualquier país que se le ocurra en los próximos cincuenta años acercarse a una embajada mexicana con intenciones dudosas.

Y deberíamos, como ciudadanos, acordarnos de que la soberanía no es una canción. Es una cosa real, concreta, que se defiende cuando hace falta. A veces se defiende desde un tribunal internacional. A veces se defiende desde la banqueta de una embajada, un viernes a las ocho de la mañana, incluso cuando nadie más se aparece.

Hoy no salimos. Hoy fuimos cuatro gatos frente a ocho patrullas.

Ojalá el próximo insulto sí nos encuentre despiertos. Porque si no, esto no va a parar. Y cada vez que no respondemos, la siguiente agresión llega más pronto, y más fuerte.

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