La Flor Tabasco 2025
Hay cosas que pasan a diez minutos de tu casa durante toda tu vida y nunca te enteras. Yo viví muchos años en Agua Dulce, Veracruz, prácticamente pegado a la frontera con Tabasco, y hasta este año no tenía idea de que cada año, justo antes de que arranque la Feria Tabasco, se elige a la Flor Tabasco o Flor de Oro, un certamen que para los tabasqueños es casi tan importante como la feria misma. Anoche fui por primera vez al Centro de Convenciones Tabasco 2000 a presenciarlo, y me quedé con una mezcla rara de fascinación cultural y desencanto absoluto por la organización del evento.
¿Qué es esto de la "Flor Tabasco" y por qué le importa tanto a la gente?
Antes de contar la noche, vale la pena entender qué se estaba jugando ahí adentro. La elección de la Flor Tabasco no es un concurso de belleza al estilo Miss Universo: es una tradición que arrancó en 1953, cuando por primera vez se eligió a la "Flor más Bella de Tabasco" y ganó Mireya Ruiz Quero, embajadora de Cunduacán. Desde entonces, cada uno de los 17 municipios del estado manda a una embajadora —su representante cultural— y esa joven se convierte, durante un año, en una especie de embajadora oficial del municipio: aparece en eventos, encabeza el desfile de carros alegóricos por las calles de Villahermosa con trajes típicos, y promueve la siguiente edición de la Feria.
La Feria Tabasco, por cierto, es una cosa seria. Está catalogada entre las tres ferias más importantes de México, junto con la de San Marcos en Aguascalientes y la Feria Estatal de León. Sus orígenes se remontan a finales del siglo XVIII, cuando el botánico tabasqueño José Narciso Rovirosa montaba exposiciones para presumir la riqueza de la flora del estado, y se institucionalizó oficialmente en 1928. Es decir: lo que vi anoche es una ceremonia con más de 70 años de historia continua, anclada en un estado que tiene el orgullo cultural muy a flor de piel. Con razón cada municipio se lo toma personal.
La noche: por qué fui
Yo no fui por la tradición, fui por compromiso familiar. Íbamos apoyando a la embajadora de Emiliano Zapata, que es prima de Regina. Esa era la causa: que la prima ganara, o por lo menos llegara lejos. Lo demás —la historia, el formato, la pompa— lo fui aprendiendo sobre la marcha, sentado en una mesa, viendo a 17 jóvenes pasar al escenario una por una.
Cómo funciona: las tres etapas
El concurso tiene un formato muy claro, aunque la transparencia con la que se aplica… ya es otra cosa. Pasaron las 17 embajadoras, una por una, cada una con su discurso. Se notaba el trabajo: hablaban de su municipio, de la cultura, del orgullo, de proyectos. La verdad, en términos de espectáculo, fue largo y por momentos aburrido. Eran muchos discursos seguidos y el formato no ayuda a mantener la atención.
A partir de ahí, la dinámica fue así:
Primera etapa. El jurado eligió a 10 semifinalistas entre las 17 iniciales, evaluando desempeño, carisma y conocimiento sobre el estado. Aquí celebramos: la embajadora de Emiliano Zapata sí pasó al top 10. Iba la cosa bien.
Segunda etapa. De esas 10 hicieron un corte para dejar a 5 finalistas, a quienes evaluaron con más profundidad. Aquí Emiliano Zapata se quedó fuera. El consuelo no fue menor: le otorgaron el título de Señorita Fotogenia, que en este tipo de certámenes es un reconocimiento simbólico pero genuino. Para nosotros fue suficiente. Habíamos ido a apoyar y la prima de Regina se iba con un título.
Fase final. De las 5 finalistas se elegía a la Flor de Oro 2025. A esa altura nosotros ya íbamos rumbo a la salida.
Nos fuimos antes del final
No me da pena admitirlo: cuando Emiliano Zapata salió del concurso, ya no nos interesaba quedarnos. La energía con la que llegamos era la de un fan en un estadio: si tu equipo ya no juega, ¿para qué quedarte a ver la final? Salimos del Centro de Convenciones y al día siguiente nos enteramos por las noticias de los resultados.
Ganó María Fernanda Palma Miramontes, embajadora de Balancán, una estudiante de derecho de 23 años. Las otras dos finalistas fueron Bianca Chargoy de Comalcalco y Ariana Carmina Valencia de Huimanguillo. Es un dato bonito para Balancán: es apenas su segunda Flor de Oro en la historia. La primera fue en 1965, hace 60 años, con Elia del Carmen Ramírez Garrido Abreu. Para más contexto, el año pasado Balancán ni siquiera mandó representante porque el alcalde en turno consideró que el certamen reproducía estereotipos de género —debate legítimo que merece su propio post—, así que este regreso con corona fue, para los de allá, un golpe doble.
Lo que no me gustó
Voy a ser directo: el evento me pareció opaco. El público no vota. El jurado decide y, hasta donde entendí, no hay un mecanismo público que explique con claridad por qué una embajadora pasa y otra no. En un evento que se llama a sí mismo "la fiesta del pueblo" y que vende esa narrativa de identidad colectiva, que el pueblo no tenga ni un poquito de voz me resultó contradictorio. Si la decisión es 100% del jurado, está bien, pero entonces el discurso de "fiesta popular" se siente más a marketing que a realidad.
A eso súmale el servicio. Los meseros estuvieron pésimos: lentos, distraídos, había que casi rogarles para que se acercaran a la mesa. Para un evento al que la gente llega arreglada como si fuera una boda, pagando lo que cobran por entrar, uno espera algo distinto.
¿Volvería? No.
Y aun así, no me arrepiento de haber ido. Lo digo en serio. Descubrí una tradición que tenía a 200 kilómetros toda mi vida y que, sin haber ido, jamás habría dimensionado. Entendí por qué cuando un tabasqueño habla de "su" embajadora lo hace con esa mezcla de orgullo municipal y cariño personal. Entendí también por qué un estado como Tabasco, históricamente subestimado en la conversación cultural mexicana, defiende sus rituales con tanta intensidad: porque son suyos, porque vienen de lejos, y porque nadie se los va a contar mejor que ellos mismos.
Pero una cosa es entender la tradición y otra muy distinta es disfrutar el evento. No volvería. Si algún día regreso a la Feria Tabasco —y probablemente lo haga, porque ahora que sé que existe me da curiosidad el desfile de carros alegóricos— será para verla por la calle, con un dulce típico en la mano, no sentado en una mesa esperando que un mesero me vuelva a voltear a ver.
A Emiliano Zapata, gracias por la Señorita Fotogenia. A Balancán, felicidades por la corona.
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