La primera vez que manejé a Emiliano Zapata, Tabasco
Estaba en la Ciudad de México cuando le escribí a Regina que quería invitarla a comer a ella y a su hermana. Me dijo que sí jalaban. No lo pensé mucho: la noche del 2 de enero me subí a la camioneta y arranqué rumbo al sureste.
Manejé sin parar. La camioneta era una Porsche Cayenne que apenas estaba estrenando y, aunque uno no quiere pensar en eso, la verdad es que el sur de Veracruz me tenía nervioso. La zona tiene fama, y llevar un carro de alta gama por la carretera de noche no ayuda a manejar tranquilo. Me imaginaba secuestros, retenes, de todo. Pero como dice el dicho: uno enamorado y con gasolina llega a donde sea.

Emiliano Zapata no era el pueblito que me describieron
Regina me lo había pintado como un pueblito. Llegué y resultó que no. Tiene Coppel, Chedraui, Elektra, Bodega Aurrera, lo que quieras. Infraestructura real, no la tiendita de la esquina que yo me había imaginado.
Lo que más me sorprendió fue el malecón a orillas del río Usumacinta. Yo pensaba que iba a ver un riito, y resulta que el Usumacinta es un río caudalosísimo, imponente. Uno de esos paisajes que te hacen entender por qué la gente de allá quiere a su tierra.
La bienvenida
Llegué el 3 de enero. Conocí a la hermana de Regina ese mismo día y, por la noche, me llevaron a un lugar de alitas que se llama Los Hijos de la Hamburguesa, donde me presentaron a su tío y a sus primos. Todo muy buena onda.
Al día siguiente, 4 de enero, me invitaron a partir la rosca en casa de la abuela. Al llegar, me sirvieron unas albóndigas rikísimas. En la mesa había una salsa y me advirtieron que picaba. Yo, confiado, pensé "no ha de picar tanto" y le eché a una tortilla.
Me enchilé feísimo.
Y para rematar, sin querer me toqué el ojo. Ardor total. Pero era la primera vez que conocía a la familia de Regina y no quería hacer el ridículo, así que aguanté la cara de póker como pude. Juan, el tío de Regina, me cachó en segundos.
— ¿Estás enchilado?
No tuvo caso mentirle. Le dije que sí, y él, con toda la calma del mundo, me mandó a lavarme bien ahí en la cocina.
Así fue como conocí Emiliano Zapata: manejando toda la noche, descubriendo que el Usumacinta no es cualquier río, y aprendiendo —de la peor manera— que cuando en Tabasco te advierten que una salsa pica, hay que creerles.
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